Biodiésel: historia, oportunidades que pueden devanecerse y la necesidad de una política de Estado para recuperar el liderazgo

En las últimas décadas, el debate energético mundial ha cambiado profundamente. La necesidad de reducir emisiones, mejorar la seguridad energética y diversificar las fuentes de energía llevó a muchos países a impulsar con fuerza el desarrollo de biocombustibles.
Dentro de ese escenario, el biodiésel se transformó en una alternativa estratégica para reemplazar parcialmente al gasoil de origen fósil. Lo mismo ocurrió con el bioetanol en el caso de las naftas.
Argentina reúne condiciones excepcionales para producirlos (Tanto biodiesel como bioetanol). Posee una de las agroindustrias más eficientes del mundo, lidera el procesamiento de soja y, en menor medida, pero no por eso menos importante, del maíz y la caña de azúcar. Cuenta con tecnología e infraestructura industrial de primer nivel.
Sin embargo, como ha ocurrido tantas veces en la historia económica del país, las oportunidades no siempre se aprovechan plenamente.
Los primeros pasos del biodiésel en Argentina
El debate sobre el biodiésel comenzó a madurar en Argentina hacia fines de la década de 1990. Les relataré una pequeña historia, la que dió lugar a la sanción de ley de promoción de biocombustibles. Se las cuento porque tuve el privilegio de conocer y participar con los principales actores, verdaderos artífices de esta quimera, en ese momento, o sea en tiempo real, en forma directa, unido a ellos, colaborando codo a codo. De ellos aprendí que cuando hay un convencimiento firme de una idea, a la corta o a la larga, se logra imponerla. Y también porque creo que estas pequeñas historias sumadas conforman un libro virtual en el que se fue armando el escenario agropecuario argentino, con sus pequeños grandes pasos y deben se conocidas.
El primer proyecto legislativo sobre biocombustibles fue presentado por el diputado nacional Héctor Romero UCR, Chaco, presidente de la Comisión de Agricultura de la H. Cámara de Diputados de la Nación) en el año 2001, a partir de una iniciativa impulsada por el Ing. Agr. Héctor Huergo, quien desde su rol como director de Clarín Rural venía promoviendo una lucha por la idea de agregar valor a los granos mediante su transformación en energía. El Ing. H Huergo, junto con el Contador Claudio Molina, especialista clave en la materia, que luego fue el fundador de la Asociación Argentina de Biocombustibles, compartieron sus conocimientos y esfuerzos con el grupo de asesores del diputado Romero, coordinado por quien escribe este artículo y se comenzó a recorrer un largo camino, no libre de obstáculos interpuestos por personas influyentes, provenientes del sector petrolero que imaginaban y temían una competencia por parte de los biocombustibles, específicamente el biodiesel, sin tener la visión como la de pioneros de la talla de H. Huergo, C. Molina y el Diputado H.Romero, de la gran oportunidad que se le presentaba a nuestro país, y sin ver que los biocombustibles complementarían positivamente la ecuación energética.
La propuesta buscaba abrir una nueva etapa para la agroindustria argentina: pasar de exportar materias primas a exportar energía renovable producida a partir de esos mismos granos, producir energía más sustentable cuidando mejor el medio ambiente y la salud de las personas, que era el propósito del proyecto. Muchas veces son unos pocos, como estas personas, los que tienen una visión clara del futuro, yo los llamo visionarios porque, como se dice comúnmente, “la vieron” con anticipación.
El camino no fue sencillo.
En aquellos años existía una fuerte resistencia dentro del propio sistema político y económico. Parte de la Comisión de Energía de la HC de Diputados de la Nación, presidida al principio por el Dr. Daniel Cameron de Santa Cruz, influenciada por los intereses del sector petrolero, veía en los biocombustibles una amenaza para el negocio tradicional de los combustibles fósiles.
Aun así, el debate avanzó lentamente y años después el país lograría sancionar el marco legal que permitió el desarrollo de la industria.
Finalmente, en 2006 el Congreso Nacional, luego de idas y vueltas del Senado a la Cámara de Diputados y viceversa, es decir los trámites legislativos que ya conocemos, aprobó la Ley 26.093 que estableció el Régimen de Promoción para la Producción, y el Uso Sustentable de los Biocombustibles. La norma fijó un sistema de mezcla obligatoria de biodiesel con gasoil y creó incentivos fiscales para el desarrollo de la industria. La batalla, finalmente se ganó. A partir de ese momento comenzó un sostenido crecimiento. En pocos años, la Argentina se convirtió en uno de los mayores productores y exportadores de biodiesel del mundo, con plantas industriales de gran escala instaladas principalmente en el Polo Agroindustrial del Gran Rosario. La industria se integró rápidamente a la cadena de valor de la soja, generando inversiones, empleo y nuevas exportaciones.
El avance del mundo
Pero, como es reiterativo en nuestro país, comenzaron las tensiones internas, los distintos puntos de vista que debilitaron lo conseguido e hicieron que esta política que debió ser de estado, se convirtiera, una vez más, en un tema de tensión política entre los distintos actores del quehacer político partidario y, también hay que decirlo, del mundo empresarial relacionado.
Mientras Argentina discutía, otros países avanzaban con políticas claras.
Brasil comenzó a desarrollar su programa de biocombustibles en la década de 1970 con el etanol de caña de azúcar y maíz, posteriormente incorporó el biodiésel con mezclas obligatorias crecientes.
Estados Unidos impulsó el biodiésel y el bioetanol a partir de maíz y soja mediante incentivos fiscales, mandatos de mezcla y programas federales de energías renovables.
La Unión Europea también adoptó políticas agresivas de promoción de biocombustibles como parte de su estrategia de transición energética.
Como resultado, el consumo mundial de biocombustibles creció de manera sostenida desde la década de 1990 hasta la actualidad.
El crecimiento argentino
Argentina también, como hemos mencionado, tuvo una etapa de fuerte crecimiento inicial.
Durante la década de 2000 se desarrolló una poderosa industria exportadora de biodiésel basada principalmente en aceite de soja y, en menor medida, de girasol, llegando a ubicarse entre los principales exportadores mundiales.
El sector generó inversiones industriales, empleo calificado y un importante ingreso de divisas.
Sin embargo, cambios regulatorios, conflictos comerciales internacionales, pujas políticas inconducentes y la ausencia de una política estable limitaron el crecimiento posterior.
Una nueva oportunidad global
Hoy el mundo atraviesa una nueva etapa energética.
Las tensiones geopolíticas y los conflictos en Medio Oriente han vuelto a poner en primer plano el problema de la seguridad energética. Muchos países buscan reducir su dependencia del petróleo importado y acelerar el uso de energías renovables.
En ese contexto, los biocombustibles vuelven a adquirir una importancia estratégica.
La demanda global crece y muchos países aumentan los porcentajes obligatorios de mezcla de biodiésel y otros biocombustibles en sus combustibles tradicionales.
Para países agroindustriales como Argentina, esto representa una oportunidad extraordinaria.
No se trata de celebrar las guerras ni las crisis internacionales. Nadie puede alegrarse por los conflictos. Pero sí de comprender que el mundo se reorganiza frente a ellos y que los países que tienen claridad estratégica son los que logran aprovechar esas coyunturas.
El desafío argentino
Argentina tiene todo lo necesario para ser uno de los grandes protagonistas del mercado global de biocombustibles:
abundancia de materias primas
una industria aceitera altamente competitiva
conocimiento tecnológico
infraestructura portuaria
capital humano especializado.
En próximos artículos expondré el avance de los biocombustibles a partir de la década del 70 en el mundo. Cómo los distintos países han desarrollado en forma más o menos eficiente esta industria. De qué manera la sustentabilidad y la preocupación por el medio ambiente que estos combustibles proporciona ha sido tomada en cuenta por los distintos países y cuál es el futuro de nuestro país con respecto al resto. Les mostraré también, cuánto se ha reducido el nivel de carbono en el mundo gracias a la incorporación de los biocombustibles a la matriz energética.
Volviendo al artículo, lo que muchas veces falta en Argentina es una política energética y agroindustrial de largo plazo.
Los biocombustibles requieren reglas claras, estabilidad regulatoria y objetivos estratégicos sostenidos en el tiempo. Ninguna industria invierte miles de millones de dólares si el marco de reglas cambia constantemente.
Una reflexión final
El mundo avanza hacia una economía más sustentable, con mayor participación de energías renovables.
El agro argentino puede ser un actor central en ese proceso, no solo produciendo alimentos sino también energía limpia.
Pero para que eso ocurra se necesita algo más que recursos naturales.
Se necesita visión estratégica, acuerdos básicos inobjetables y no cambiantes por los distintos gobiernos. Establecer claramente que los Biocombustibles sean una real POLITICA DE ESTADO, con reglas inamovibles que trasciendan gobiernos.
Porque mientras el mundo acelera la transición energética, Argentina corre el riesgo de seguir discutiendo y las oportunidades pasan de largo.
Y cuando eso ocurre, el problema no es la falta de potencial.
El problema es haber perdido otra vez, una oportunidad histórica.

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