El clima se convirtió en un riesgo financiero para el agro
La mayor frecuencia e intensidad de los eventos extremos encareció los seguros y el financiamiento, condicionó las inversiones y puso bajo presión la rentabilidad de toda la cadena
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Las sequías, inundaciones y temperaturas elevadas dejaron de representar únicamente una amenaza para los rindes. Sus efectos alcanzaron la capacidad de repago, la disponibilidad de coberturas y el acceso al crédito, mientras los productores todavía encuentran dificultades para convertir esa preocupación en estrategias concretas de prevención.
De acuerdo al análisis realizado por la economista especializada en análisis ambiental y financiamiento climático e investigadora del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral, Lara Colombo, los relevamientos realizados anticipan que este factor se ubicará entre los principales desafíos del sector durante los próximos años, independientemente del tamaño de cada explotación.
La sucesión de campañas secas entre 2020 y 2023 y el fuerte daño causado por la chicharrita durante el ciclo 2023/24 mostraron cómo una contingencia puede comprometer los resultados de las empresas y trasladarse al resto de la economía. De acuerdo con Colombo: "Cuanto más impredecibles e intensos son los eventos climáticos, las compañías aseguradoras encuentran mayores dificultades para estimar pérdidas y diseñar coberturas".
Ese escenario deriva en pólizas más caras o directamente en la desaparición de determinadas alternativas. Sin una cobertura suficiente, las entidades financieras también enfrentan una mayor exposición, por lo que los préstamos resultan más costosos y difíciles de obtener. Como consecuencia se genera una retracción de la producción y de las inversiones en una actividad clave.
Frente a este panorama, la especialista sostuvo que los recursos destinados a disminuir vulnerabilidades no deben considerarse un gasto ambiental aislado. La incorporación de medidas preventivas permite estabilizar la actividad, reducir costos financieros y generar condiciones más favorables para el crecimiento.
El capital natural ingresó en los cálculos
Colombo propuso abandonar la idea del suelo, el agua y la biodiversidad como bienes inagotables y comenzar a tratarlos como activos estratégicos. "Cerca de la mitad de la economía mundial depende de manera directa de la naturaleza, y prácticamente toda la producción de alimentos depende de la salud del suelo. Cuando ese capital se degrada, no se resiente solo el campo: se resiente la economía entera" señaló la economista.
Bajo esta perspectiva, un terreno saludable, una correcta administración hídrica y una mayor diversidad biológica incrementan la capacidad de los establecimientos para absorber y superar un episodio adverso. De esta manera, la rentabilidad futura queda condicionada por la calidad de los bienes ambientales que las empresas preserven en el presente.
Las tecnologías digitales y de precisión, junto con las prácticas regenerativas, pueden contribuir a ese objetivo si se evalúan por su capacidad para retener agua, reducir la erosión, favorecer la biodiversidad o recuperar la fertilidad. Sin embargo, muchos agricultores aún no las reconocen plenamente como instrumentos para disminuir su exposición.
En ese sentido, Colombo sostuvo que "cerrar esa brecha entre la percepción de riesgo y su gestión es un gran desafío que tiene por delante el sector." Ante la posibilidad de que El Niño vuelva a poner a prueba al campo argentino, el desafío será incorporar una mirada de largo plazo en la cual el cuidado de la naturaleza forme parte de la estrategia productiva y de la continuidad del negocio.

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