El picado de maíz se multiplicó por cinco en dos décadas y transformó la producción ganadera
El contratista forrajero Patricio Aguirre Saravia describió la evolución del picado en el Congreso Maizar 2026.
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En apenas veinte años, el picado de maíz en Argentina dejó de ser una práctica complementaria para convertirse en uno de los pilares de la producción ganadera intensiva. El crecimiento fue explosivo: de las 360.000 hectáreas destinadas exclusivamente a silaje de maíz en la campaña 2005/06 se pasó a 1,7 millones de hectáreas en 2024/25.
“El maíz es el rey de la previsibilidad y de la reserva de calidad”, resumió el contratista forrajero Patricio Aguirre Saravia en diálogo con Clarín Rural durante el Congreso de Maizar 2026.
Según explicó, el crecimiento fue sostenido y prácticamente sin retrocesos. “Nunca paró. A lo sumo algún año muy complicado se mantuvo estable, pero nunca fue para atrás”, afirmó.
Detrás de esa expansión hubo una combinación de factores: mejora genética, profesionalización de los contratistas, incorporación de tecnología y una transformación profunda en la manera de producir carne y leche.
Del “cultivo salvado” al agregado de valor
Durante años, picar un lote de maíz era interpretado como una señal de fracaso agrícola. Si el cultivo no llegaba a cosecha de grano, terminaba en el silo. Hoy el escenario es completamente distinto. El silaje pasó a ser una herramienta estratégica de agregado de valor en origen, clave para transformar proteína vegetal en proteína animal.
“Antes era quedarse a vivir en cada lugar porque había problemas de rendimiento mecánico de los equipos. Hoy la cosa cambió completamente”, señaló Aguirre Saravia. La evolución tecnológica permitió aumentar capacidad de trabajo, velocidad y precisión, pero sobre todo mejorar la calidad final del alimento.
Profesionalización y trabajo en equipo
Para el contratista, la evolución del sector fue consecuencia de una mayor exigencia de los propios productores. “El productor necesitaba profesionalismo porque leía, se preparaba y exigía. Y el prestador del servicio tenía que seguirlo”, explicó.
Ese proceso obligó a profesionalizar toda la cadena: procesamiento de grano, logística, compactación, tiempos de picado y manejo del silo comenzaron a medirse con mucha más precisión. “Ya no importa el color de la máquina o del camión. Lo que importa es el resultado”, sostuvo.
En ese cambio también tuvieron un rol clave las entidades del sector, como la Cámara Argentina de Contratistas Forrajeros, que impulsó capacitaciones y estándares de calidad. Según Aguirre Saravia, hoy el contratista participa incluso antes de la campaña, acompañando al productor desde la planificación del cultivo. “Entran juntos al proyecto y se acompañan”, resumió.
La genética amplió las fronteras del maíz
Otro factor decisivo fue la evolución de los híbridos y su adaptación a ambientes antes considerados inviables para el maíz. “Lo que antes llamábamos zonas marginales hoy tienen resultados increíbles”, afirmó.
El cambio fue tan profundo que actualmente se logran buenos maíces para silaje en regiones donde décadas atrás parecía imposible pensarlo, desde el NOA hasta el sur de la Patagonia. “Hace 20 o 30 años era una utopía pensar en eso”, recordó.
La mejora genética permitió estabilidad, adaptación y productividad, mientras que el manejo agronómico acompañó con mejores fechas de siembra, nutrición y estrategias de conservación.
Más volumen y más calidad
La evolución no fue solamente en superficie. También crecieron los volúmenes y la calidad de los silajes. En la última campaña se observaron rindes de hasta 55 y 57 toneladas de materia verde por hectárea en algunas zonas de alta productividad. Incluso en el NOA se registraron maíces por encima de las 35 toneladas, un nivel impensado años atrás.
“Es producto de las cosas bien hechas, pero también acompañado por el clima”, explicó Aguirre Saravia. Sin embargo, insistió en que el éxito no depende de un único factor, sino de toda una cadena de procesos. “Un equipo de silaje suena como el peor de sus componentes”, comparó.
La frase resume uno de los grandes aprendizajes del sector: no alcanza con tener una picadora de última generación si falla el transporte, la compactación o el manejo posterior del silo.
El trabajo empieza cuando termina el picado
Uno de los conceptos más repetidos por Aguirre Saravia fue que la verdadera evaluación del contratista ocurre semanas después de finalizar el trabajo. “Nuestro trabajo empieza cuando nos vamos”, aseguró. El resultado real aparece durante el invierno, cuando se abre el silo y se comprueba la calidad de fermentación, conservación y suministro del alimento. “A vos te van a evaluar por lo que dejaste, no por el durante”, remarcó.
Por eso, las capacitaciones actuales del sector ya no se enfocan solamente en el picado, sino también en extracción, suministro, manejo de comederos y cuidado de los frentes expuestos del silo. “Todo lo demás está bien. Ahora quieren mejorar cómo extraer y suministrar de la mejor manera”, explicó.
La profesionalización también elevó la escala de las inversiones. Las empresas contratistas incorporaron picadoras de alta capacidad, sistemas de monitoreo y equipos cada vez más sofisticados. “Las inversiones son monstruosas”, reconoció Aguirre Saravia.
Pero sostuvo que el mercado comenzó a diferenciar calidad y profesionalismo, premiando a quienes logran mejores resultados finales.
En definitiva, la expansión del silaje de maíz refleja mucho más que un crecimiento de superficie: muestra cómo la integración entre genética, manejo agronómico, tecnología y profesionalización permitió transformar al maíz en la principal herramienta de estabilidad y eficiencia para la ganadería argentina moderna.

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